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domingo, 23 de agosto de 2015

Jägermeister: historias para perder la memoria

La última vez que me excedí con el Jägermeister prometí muy solemnemente no volver a probarlo nunca más. Y de esto pueden dar fe más de uno y más de dos colegas, que me han tenido que escuchar la misma sandez una y otra vez. Porque sí, está demostrado, el Jägermeister tiene un sortilegio que te desinhibe y te hace perder la memoria de lo que ha sucedido, inexplicablemente.
Yo creo que lo fabrican en una marmita, a fuego lento, en la frialdad tenebrosa de un aquelarre, a pelo. Y su receta es en parte secreta, ¿será por eso que sus efectos son tan impredecibles? ¿Y si todo es un mito y el problema lo tenemos cuando ya llevamos unos cuantos de más en el cuerpo?
A todos nos han contado en una ocasión las tonterías que hacen los demás cuando se pasan con las espirituosas; más que nada porque no queda bien que uno lo cuente de sí mismo, por dignidad y tal. La última tertulia de café de artistas que tuvimos, sucedió en un bar de Bilbao, cuyo nombre no recuerdo, y en la que nos sorprendió una improvisada fiesta Jägermeister. Cuatro o cinco chicos y chicas repartiendo Jäger en tubitos de ensayo de boca en boca. En apenas una hora y media, seguramente bajo los efectos del sortilegio mágico del Jäger, todo el mundo empieza a subirse a las mesas a bailar. Al ofrecimiento del chupito gratis a quien se quite la camiseta, la ropa empezó a volar por los aires como si se tratase de los pájaros de Hitchcock buscando maíz. Chicos con pegatinas de la bebida en los pezones, chicas repartiendo pegatinas, chicas en pezones, una locura. Bacanal en toda regla con plus de que al día siguiente mis colegas sólo se acordaban de la mitad. Inexplicablemente.
Como el tema me interesaba, empecé a indagar y es increíble la cantidad de cosas raras que le pasa a la gente bebiendo esta deliciosa pócima. Una chica a la que fui a entrevistar, entre caña y caña, me confesó que nunca tuvo la certeza de si lo que le pasó con el conductor de un bus en Madrid fue real o no.
Historia simple, chica que va de Jäger hasta el cerebelo, que se queda dormida en el bús y aparece en la última parada. Despierta, o la despiertan, y allí aparece un conductor guapete que se ofrece a llevarla en plan Miss Daisy hasta su calle.
Al parecer, el conductor se metió con el bus por las estrechas calles de Carabanchel hasta dejar a la damisela en su portal (hay que ser el doble que hace las escenas peligrosas del batimóvil para entrar por ahí en autobús). Si hubo sexo o no, ella no lo recuerda. Si fue dentro o fuera del autobús, tampoco lo recuerda. Podría haber vuelto a casa surcando los aires montada en un pterodáctilo color burdeos que tampoco se acordaría. Inexplicablemente.
Y es que el transporte público y el alcohol, unidos, son un potosí de historias truculentas. La más bestial le sucedió a otros dos temerarios que no se les ocurrió otra cosa que mezclar gin tonic con chupitos de Jägermeister y mamajuana.
Cada chupito que ingerían era un nuevo Enola Gay soltando un petardazo en sus cerebros. Al parecer, pudieron contar la historia a los dos días reconstruyendo testimonios en los bares y mensajes de WhatsApp.
Me contaron que se plantaron en un antro de Chueca, el barrio gay de Madrid, y comenzaron a creerse top models de las de los años 90, surcando una pasarela imaginaria en mitad del garito en el que terminaron, desfilando ante la atónita mirada de los allí presentes, hasta que la pista se perdió a las cinco de la mañana, cuando se despidieron.
El final fue muy curioso, uno de ellos, al abrir el ojo por el sol, apareció en el Ikea de Alcorcón sin saber cómo había llegado allí, mientras que el otro, que parece ser que cogió un tren, se dirigió a Mercamadrid y amaneció sin móvil en la estación de Guadalajara, al mediodía. No recordaban apenas la mitad de las cosas. Ni rastro de lentejuelas ni tacones. Inexplicablemente.
Del mismo modo que no recuerdan unos militares que aseguran haber dado tumbos por su academia militar a las tantas de la mañana simulando una guerra, bajo los mismos efectos. Oficinistas que acaban travistiéndose en las oficinas, en las comidas de empresa, bajo la atónita mirada de sus compañeros, también travestidos.
Profesores que comen juntos y acaban jugando en el bar de debajo del colegio. Y es que el Jäger desinhibe y te sumerge en una nube de placer y diversión, te despeja la nariz, agudiza los sentidos y te hace cometer pequeñas locuras sanas, siempre que lo bebas con moderación. ¿Receta secreta o exceso en el consumo? Si los romanos lo hubieran inventado hace dos milenios, estoy más que convencido que no existirían ni las guerras ni las políticas de recortes.
O quizás, no nos acordaríamos.

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