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lunes, 2 de enero de 2017

¿Cuál es el límite para beber?



La quedada con los amigos del instituto, los de la Universidad y los del barrio; la cena de empresa y la sobremesa con los compañeros del último día laborable; Nochebuena y Nochevieja; el día de la lotería. La recta final del año es una sucesión de celebraciones en las que el alcohol está omnipresente. Tal vez usted pueda mantener el tipo, ¿pero cómo responden sus neuronas ante los excesos etílicos?

Los primeros efectos del consumo de alcohol comienzan a sentirse pasada media hora de la ingesta. Al principio, produce alegría y relajación, pero si se sigue bebiendo, las sensaciones agradables se transforman en visión borrosa y problemas de coordinación, acompañados de dificultad para hablar claramente y disminución de la capacidad para reaccionar. Las copas han conseguido llegar a las células del cerebro (neuronas).

¿Por qué el alcohol es capaz de lograr que gente inteligente haga estupideces cuando está bebida? Según un estudio publicado en Journal of Abnormal Psychology, el alcohol embota la señal del cerebro que advierte a las personas de que están cometiendo un error. “Cuando la gente no hace lo correcto, la parte del cerebro que controla la conducta envía una señal de alarma al resto del cerebro. Pero el alcohol no sólo reduce esa señal, sino que además conduce al individuo a que le importe menos cometer esos errores”, explica el director del estudio, Bruce Bartholow, profesor de Psicología de la Universidad de Missouri.

Beber rápido es más dañino

Los efectos de las borracheras son bastante predecibles, tanto que se pueden ir adelantando a medida que se bebe: con dos copas de vino, se alteran los movimientos y el humor; con cinco, falla la coordinación; pero si se pasa de las diez copas y no se está acostumbrado a beber, existe un grave riesgo de sufrir un coma etílico, que, hipotéticamente, “podría dejar secuelas cerebrales en algunas personas, por lo que no es nada recomendable”, señala el neurólogo Luis Porta, del Hospital Clínico San Carlos. El estado de pérdida de consciencia puede llegar a ser mortal.

Sin llegar a este extremo, pasarse con la bebida ocasiona en muchos individuos un estado de excitación y agresividad notable, que finaliza con un sueño espontáneo e incapacidad para recordar lo sucedido, como indica la Guía Clínica sobre Alcoholismo 2014, desarrollada por Socidrogalcohol.

Cambios en el cerebro

Si beber se convierte en una costumbre habitual, acaba produciendo cambios en el cerebro. La revista PLOS one ha publicado una investigación realizada por la Universidad del País Vasco (UPV) y la de Nottingham que ha concluido que el consumo excesivo de alcohol modifica las neuronas de la zona del cerebro que controla las funciones ejecutivas, como son la planificación y el diseño de estrategias, la memoria de trabajo, o el control de la conducta. Koldo Callado, profesor de farmacología de la UPV y coautor de este trabajo, opina: "Cuando conozcamos cuáles son los mecanismos por los que el alcohol causa toxicidad, tal vez sea posible desarrollar fármacos para tratar los déficits de los alcohólicos”. Amaia Herdozain, del área de Neurociencia del Institute de Biologie Paris Seine y coautora del estudio, apunta: "Potencialmente, la vitamina B1 puede prevenir algunos de los daños producidos por el alcohol en el cerebro”.

Lo que está claro es que el consumo de alcohol pasa factura, ya que “es un tóxico del sistema nervioso”, como subraya Porta. Las neuronas sufren las consecuencias, aunque la magnitud del daño “depende de la susceptibilidad individual”, y esa susceptibilidad viene determinada por factores genéticos, según han comprobado diferentes estudios. La aparición de los efectos tóxicos está ligada a las cantidades y a la velocidad con la que se beba, de forma que beber rápido es más dañino que tomar lo mismo pero más despacio.



LA CANTIDAD ES DECISIVA

La cantidad ingerida es decisiva para que el alcohol tenga consecuencias para el organismo. ¿Cuáles son las líneas rojas que no hay que atravesar? La Organización Mundial de la Salud (OMS) fija los límites entre 40 y 60 gramos diarios de alcohol para los hombres y de 20 a 40 para las mujeres (una caña o una copa de vino tienen algo más de 10 gramos y un combinado unos 20 gramos). En cuanto al consumo semanal, las recomendaciones van por no sobrepasar los 280 gramos para ellos (28 vasos de vino o cervezas y 14 copas) y los 168 para ellas (16 vinos o cervezas y 8 copas).

Julio Bobes, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo, avisa: “Se tarda mucho tiempo en perder neuronas hasta darnos cuenta de que hay una demencia alcohólica, que es comparable al Alzheimer. Cuando el desorden cerebral sucede, ni se recupera ni hay posibilidad de tratamiento. Las copas navideñas, como las de fin de semana, son nocivas. El alcohol mata las neuronas”.


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